Compungido lector de viejos bríos existencialistas y renovado por gracia y misericordia. Tanta mugre faramalla, tantas apreciaciones melodramáticas y tanta tragazón de filosofías retorcidas de los "desplaneadamente" echados al ruedo y los trabajadamente egocéntricos (que no encuentran mayor razón y sabor del "ser" que el "yo-mismo") para que en el deleite de mi perdición una llamada de atención calara hasta las entrañas mostrando que la vida se vive viviendo, y que si el vivir es Cristo, el morir entonces es ganancia.